jueves, 16 de mayo de 2013

Festilectura: Nos vemos en la resistencia


Melanie Pérez Arias

En la esquina sur oeste de la Plaza Altamira, bajo un paraguas que la protege escasamente de la lluvia, muy cerca del carrito de Nestea, se arrellana, diminuta, Laura Restrepo, la escritora colombiana con más de trece obras publicadas, ganadora del Premio Alfaguara de Novela. Vino a presentar su thriller Hot Sur en la feria del libro de una Caracas que se deshace como galleta con las primeras lluvias de la temporada. Es la quinta edición del Festival de la Lectura de Chacao y no ha parado de llover un solo día.
Frente al stand de Editorial Planeta, una larga fila de lectores, en su mayoría mujeres, esperan bajo la garúa por la firma de Restrepo. Ella se esmera con una dedicación desesperante "¿Vanesa con una o dos eses?", le pregunta a una muchacha de poco más de veinticinco años a la que se le ilumina el rostro. No hay sonido más plácido que el nombre propio, el nombre de uno. Laura lo sabe y pide que la llamen así, de tú.
Hola, un placer conocerte. Él es mi marido, pero solo vino a tomar la foto. –dice una mujer muy sonriente cuando finalmente llega su turno en la fila de autógrafos de Hot Sur. La fan se acomoda a su lado. Laura se quita los lentes con gracia y sonríe a la cámara. Una, dos, cientos de veces. Nunca con amargura. Ha firmado hasta ejemplares de sus primeros libros con una caligrafía Palmer excepcional y una disposición de ánimos que ya quisieran muchos para sí.
Qué feria tan bonita. La gente es muy cariñosa. Esto no se ve en todas partes. Un afecto. Un amor, dice con su acento cachaco antes de subirse al carro que la conducirá al hotel. Son las ocho de la noche. No ha parado de trabajar desde que llegó al país y aún le restan entrevistas. Decenas de medios han querido saber cómo Hot Sur desmonta el sueño americano a través de personajes capaces de traspasar fronteras no sólo geográficas, sino las que ponemos frente al otro, “el que es diferente, el que nos suscita desconfianza, el enemigo político. El miedo al otro es un gran factor de cohesión para los gobiernos y los pueblos caen víctimas de ese pánico. Se hacen campañas contra los terroristas, los que nos quieren atacar, los que envidian nuestra democracia, eso facilita la unidad interna pero genera mucho daño. ¡Qué pesadilla estar encerrados con nuestros miedos!", asegura Restrepo.
En Hot Sur el elemento cohesionador es el lenguaje. “Si entendemos el destierro no sólo como un fenómeno territorial sino como la ausencia de posibilidades de trabajo, de educación, de futuro, el idioma es el terreno que le queda al desterrado, cuando le han quitado todo lo demás”. Por eso la rebelión del pabellón femenino en la cárcel  adonde va a parar María Paz (la protagonista) estalla justo cuando les prohíben a las reclusas hablar en español. En Hot Sur todos los personajes están mediados por la palabra, en tanto son ellos mismos quienes cuentan su historia.
Asumir la palabra como -repitamos el lugar común de- un lugar de encuentro, contribuye al efecto amoroso que la autora percibe de sus lectores en esta esquina lluviosa del Festilectura, pero también convierte a la feria en un emblema de resistencia.
***
En un país donde casi todas las palabras tienen un correlato político, hablar de resistencia en la Plaza Altamira es entrar en un terreno pantanoso del que es imposible salir bien parados. Por eso vendría mejor pensar en un taxi sorteando el tráfico imposible de Caracas un viernes de quincena bajo la lluvia. Va cargado de doscientos cincuenta ejemplares de Hot Sur que hasta hace pocas horas no existían. Estaba el texto, la autora rumbo a Venezuela, el trabajo de años, el esfuerzo editorial, miles de lectores expectantes, impresoras prestas, faltaba el papel ¿dónde lo hallaremos? Algún militante tecnológico insistirá en el libro electrónico como la panacea. Bien. Pero planteémoslo en estos términos: no es el formato, es la cerca.
Editar un libro en Venezuela en condiciones normales no es tarea fácil, pero hacerlo en un país donde hubo que convocar a elecciones treinta días después de la muerte de su Presidente, es poco menos que imposible. Diez días de duelo nacional, suspensión de clases, marchas, concentraciones, cierres de campaña, elecciones, impugnaciones, cacerolas, cohetones. Esa sensación de que nada termina de arrancar, de que se nos extravió el Feliz Año.
Lo decía Carmen Ramia en la inauguración del Festival Internacional de Teatro de Caracas 2013: "de todos, éste ha sido el más difícil de organizar". Lo decía el Gran Combo en La Fiesta de Pilito: "si el año pasado tuvimos problemas quizás este año tengamos más".
Sin embargo, más de 230 mil personas visitaron el Festival de Lectura de Chacao durante dos semanas, resistiendo, entre otros embates, la intemperancia del clima, los libros a precio de devaluación o la insistencia de algunas editoriales de llevar el sale en lugar de la novedad. Nombres propios de escritores reconocidos y de lectores anónimos. Gente que quizá no viene a leer pero tampoco quiere estar sola. Decenas de actividades sucediéndose a la vez. La agenda oculta de la feria que termina siendo igual de interesante*.
"Léeme este cuerpo, mami", podría decir el hombre que acaba de reparar en el slogan de la feria sonriendo con picardía. Pero pasa de largo, quién sabe hacia dónde. Visto desde arriba, el escenario de Festilectura luce como una especie de baile colectivo, un peregrinaje de seres diminutos cruzando puentes desde todas las orillas posibles. Aquí, las semejanzas o las diferencias adquieren otro cariz. Eso que llaman perspectiva. Es lo más cerca que hemos estado en meses de mirarnos sin sospechas.
La construcción de consensos es difícil –apunta Restrepo quien participara del proceso de paz en Colombia en la década de los 80, del cual surgió su libro Historia de un Entusiasmo pero sin ellos la vida se vuelve imposible, peligrosa. Hay que asumir el compromiso de no pararse de la mesa, de reconocerle al otro una legitimidad en cuanto a adversario y de perdonar. Lo más importante en un proceso de paz es el perdón, es tan fundamental como complejo, porque ese que me agredió, que me insultó, que me desprecia y al que yo desprecio, es al que tengo que perdonar y darle la oportunidad de convivir conmigo. Hacerlo con los amigos no tiene sentido. Por eso me gustó escribir una novela sobre gente que es capaz de saltarse las fronteras, de desafiar toda la rabia que hay detrás de la construcción de una muralla, un concepto, además, totalmente medieval y anacrónico. ¿A quién se le ocurre construir muros para dividir gente?
***
De regreso al hotel luce exhausta. Pide un té verde, habla de consensos con la misma familiaridad que de la música de Molotov, de sus personajes, de los géneros fronterizos, de la dicha que tiene la literatura latinoamericana actual de no ser un boom o de su negativa a usar redes sociales. Se queda en silencio un largo rato mientras piensa en cuál libro le regalaría a Venezuela.
La autobiografía de Nelson Mandela -contesta finalmente- esa inmensa y prodigiosa lección de diálogo. Y, cómo no, de resistencia pacífica.


*La persecución a Horacio Convertini en el concierto de Famasloop; conocer a Eduardo Sánchez Rugeles con su cara de niño bueno -zapatos Timberland incluídos- en contraste dramático con sus personajes demoníacos; la guarapita en Lugar Común; la generosa honestidad de Rodnei Casares cuando te quita un libro de la mano y te dice "ese no, éste" entregándote otro, sin equivocarse nunca en tus gustos. Las cervezas en los chinos, las sardinas firenzes. Hay cuentos.

domingo, 5 de mayo de 2013

El fin de la inocencia


Habrá sangre. Seguro habrá dolor. Esta es mi última noche con una muela de leche.
Hace más de un año me advirtieron que esto iba a pasar pero, como siempre, no quise apurar la despedida. No es lo mismo perder algo a que te lo arranquen. No es lo mismo decir adiós que desaparecer.
En un mundo en el que nada permanece, mi muela y yo aceptamos el destino de la insustituibilidad. Una condición un tanto ególatatra que nos mantuvo juntas, cómplices, durante más de veintisiete años.
Cuando me enteré de que no hubo Dios en el mundo capaz de crear un diente que expulsara a esta muela de su sitio, le tomé, más que respeto soberbio, muchísimo cariño. Su malformación me pareció tierna, providencial. Además me dio una historia para romper silencios incómodos de sobremesa o para consentir a los nietos.
-Pero mamá, la abuela Mela también tiene un diente de leche.
-La abuela Mela está loca, igual vas a ir al odontólogo.
Pocas veces vemos tan claro el momento en el que se nos rompen los sueños. Yo que quería ser una vieja loca con un diente de leche, terminaré convertida en una abuela de implantes que va a clases de pilates los miércoles por la tarde en el club.
A partir de mañana seguiré riéndome con toda la encía pero no con todos los dientes. Tampoco me antojaré de helado a medianoche, ni le mentiré a mi padre cuando llame a preguntar si ya desayuné. Dejaré de llorar con los cuentos de Oliver Jeffers, de jugar con perros ajenos, de odiar a los gatos, de sacarle la lengua a los niños en las colas de los bancos. Seré más eficiente y puntual. No hablaré con extraños.
Pero miraré cómo una parte de mi ocupa otro lugar. Un espacio afuera que no es éste pero también es mio. Estaré más cerca de entender el extrañamiento del amor. Eso de que una parte de mi se va contigo siempre me ha parecido falaz. En rigor, yo siempre me quedo conmigo, eres tú el que se va sin despedirse.  

viernes, 29 de marzo de 2013

La intimidad como espectáculo - Paula Sibilia




"La vorágine industrialista habría atropellado las condiciones que permitían la narratividad en el mundo premoderno, un entorno arrasado por el frenesí de las novedades: con un aluvión de datos que, en su rapidez incesante, no se dejan digerir por la memoria o recrear por el recuerdo. Esa aceleración habría generado una merma de las posibilidades de reflexionar sobre el mundo, un distanciamiento con respecto a las propias vivencias y una imposibilidad de transformarlas en experiencia.
Antes, mucho antes, era diferente. Las viejas artes narrativas exigían una entrega total y una distensión en la escucha, un don de oír íntimamente ligado al don de narrar, un grado de calma y sosiego emparentado con el sueño, en el cual flotaba cierto olvido de sí mismo. Algo que en aquel universo premoderno era perfectamente posible, pero que hoy se vuelve cada vez más raro: una disposición del cuerpo -y del espíritu- que radica en el extremo opuesto de la tensión, la ansiedad y la velocidad que propulsa nuestro ser en la contemporaneidad." Paula Sibilia "La intimidad como espectáculo" p. 48

martes, 5 de marzo de 2013

Hoy se murió Chávez


Sé que mis hijos me preguntarán quién fue Hugo Chávez y hoy me di cuenta de que no tengo una respuesta. Por suerte todavía no tengo hijos.
Siempre di a Chávez por sentado. Encendías la tele y estaba allí, ibas al abasto y veías su foto. Le ponías las nalgas en la cara cuando te recostabas de una pared. 
Creo que pasarán años hasta que logre armar una respuesta coherente, una que sea mia, propia, tejida con los retazos de memoria que logre rescatar antes de que el mito se nos escape de las manos. Me prohibiré contarles versiones ajenas o darles a leer algún ejemplar de historia oficial. Por eso quiero experimentar todas las emociones disponibles. Llorar como lo hice hoy o sentir miedo como seguro me ocurrirá mañana. Quiero vivirlo todo sin exigirme sindéresis. No me interesa hacer análisis sesudos ni lucir como si estuve meses preparándome para esto. Hoy no.
No sé si alguien que no sea de mi generación puede entenderlo a cabalidad, tampoco importa. Lo cierto es que cuando Chávez irrumpió "por ahora" en la escena política nacional yo tenía cinco años. Cuando ganó la presidencia por primera vez mi mamá estaba viva. "Bueno, ojalá lo haga bien", dijo ella que había votado por el otro candidato. Mi papá la miró con incredulidad.
Tengo 26 años. No he votado en elecciones donde no participaran Hugo Chávez o los candidatos de su partido. No recuerdo cómo eran los gobiernos anteriores. Me gradué del liceo y Chávez era presidente. Cuando me dieron mi primer beso Chávez era presidente. Me enamoré, perdí la virginidad, me emborraché, vomité sobre una tarima, hice cosas ilegales, las repetí, me gradué de profesional, me postgradué, me despeché, me enamoré de nuevo, me despeché otra vez, despedí amigos a causa de la situación del país, hice amigos nuevos, me alcanzó la crisis, me atracaron, vi morir, y todas las veces Chávez era el presidente.
Ha sido la relación más larga que he tenido con alguien que no sea miembro de mi familia. Esto obviamente es una distorsión, lo dice la teoría política, pero les advertí que hoy quiero rozar un par de límites peligrosos. Mañana tendré que escribir textos en los que me contenga hasta desaparecer, pero hoy se murió Chávez.
Supe que se iba a morir el día que le anunció al país que tenía cáncer. He perdido a demasiados seres queridos por esa enfermedad como para creer que su caso iba a ser diferente. Hace dos semanas, cuando salió la foto con sus hijas como prueba de vida vi a la muerte en su cara. Allí estaba, hundiéndole las sienes y tragándole los ojos, como lo hizo con mi mamá y con los miles de muertos diarios víctimas de la violencia o de la misma enfermedad. Nunca tuve esperanzas. Podemos hacerlo todo menos no morirnos.
Hoy fui a la Plaza Bolívar, supongo que a mirar dolor y rabia, pero también a mezclarme con gente que ve a Chávez en el fondo de la taza del café, que se lo toma, que lo saborea, que si se le acaba lo vuele a colar porque Chávez vive, es inacabable. Eso corean. No es mi mundo habitual. Por eso me hago una piel de gallina y decido dejarme llevar. Con cada consigna voy cediendo un poco más. Entrego algo que no voy a poder recuperar. Me gusta. Finalmente lo estoy sintiendo todo con una intensidad abrumadora. Soy incapaz de fijar algún recuerdo para cuando alguien me pregunte ¿Dónde estabas el día que murió Chávez? Estoy fundida con algo que me sobrepasa, como si esa ola que me envuelve pudiera no matarme sino hacerme flotar en un líquido denso. Casi no escucho. Se me tapan los oidos. Me pesan los ojos. He llorado. Estoy llorando justo cuando me descubro pensando que Chávez está muerto, que qué bolas esta vaina, pana, ¡Chávez se murió!

jueves, 28 de febrero de 2013

Caso de estudio


“Bueno vamos a decirte que sí. Tengo mis sentimientos. No como al principio cuando era una chamita, pero claro, mi corazón me late, por supuesto.”
Maribel 

Las rosas que me enviaste el catorce de febrero las regalé en la plaza. No te ofendas. Sólo quería tratar de comprender algunas cosas o quizás pasar el tiempo mientras se normalizaba el tráfico de la hora pico. Esa tarde puse a un grupo de desconocidos en el aprieto de contestar ¿Qué es el amor? Si le regalas flores a la gente y les preguntas cosas, puede que no te sorprendas, pero hay que volver a revisar.
Para César el amor es tener una pareja. Oriana, quien no pasa de los diecisiete años, tiene un amor prohibido: “Siento feo de no tenerlo a mi lado y no estar con él. Lo amo es mi anhelo, es mi amor y es mi todo”, dice. Estuve a punto de intervenir y aconsejarle algunas obviedades que descubrirá luego, pero las categorías metodológicas me detuvieron: esto es un estudio exploratorio de campo con resultados no conclusivos. Un “resultado no conclusivo” es algo bastante inútil. Como un estado de salud estacionario. Un deje así. Pero jugar es divertido, y a mí me gusta jugar. 
No es cierto que haya cosas indefinibles con palabras. Las personas tienen palabras y hacen lo que pueden con ellas. Los individuos de mi muestra intencional no representativa hablaron de “padres, madres, hijos y esposos” para referirse al amor. También coincidieron en que es maravilloso, muy grande, profundo, bello, verdadero, sagrado. El amor podría ser el Salto Ángel. ¿Alguna vez has visto el Salto Ángel? Yo tampoco.
 
A mitad del ejercicio estaba empezando a aburrirme, pero decidí llegar hasta el final. De lo contrario, en pocos días, las rosas se me iban a morir en las manos y tendría que lanzarlas por el bajante, respirar un poco de agua inmunda al descargar el florero y luego remover con una esponja los restos de tallo viscoso que se quedan pegados en el vidrio. Todo un ritual de despecho. 
Por eso me gustó tanto la respuesta de Ronald. No fue edulcorada ni pegajosa. “El amor es un sentimiento. Un buen sentimiento”. Punto. Un hombre de pocas palabras. Revisando la grabación reparé en su testimonio. En vivo no me había parecido memorable. Estaba sentado en la plaza esperando a su novia, llevan siete años juntos. Mientras terminaba mi recorrido la vi llegar y sentarse a su lado, él la sorprendió con la rosa que le regalé.  
No confiamos en la memoria, por eso el empeño humano de registrarlo todo, en piedra o en blog. Estoy segura de que en unos años no recordaría a Ronald hablar con tanta claridad sobre algo que nos empeñamos en complejizar a la fuerza, tampoco habría sido capaz de reconocerme preguntando ¿Qué se siente? Pero dígame, ¿Qué se siente? Si en el futuro alguien me confrontara con la grabación podría intentar negar que se tratara de mí, pero puede que me convenga más afirmar que el de esa tarde no era un estudio conclusivo. 

Gracias a César, Iscarlis, Oriana, Maribel, Franklyn, Yelitza, Johanna, Tania, Herman, Marina, Mileydi, Señora Carmen, Carolina, Yosmary, María, Zulay, Carmen (la chama), Ramón, Robert, Feduar, Cecilia y el chico árabe que no nos quiso dar su nombre pero igual no entendimos su testimonio.



Testimonios
César : Tener una pareja
Iscarlis: Que me amen, que me quieran, que me valoren. No tanto con detalles sino lo que uno siente por dentro.
Oriana: Algo bonito, yo estoy enamorada pero es un amor prohibido. Siento feo de no tenerlo a mi lado y no estar con él. Lo amo es mi anhelo es mi amor y es mi todo.
Maribel: ¿Esto no tiene burundanga? (risas) El amor es lo más grande que hay, en el universo y el planeta. Viene de Dios. Dios es amor, lo más profundo y lo más bello que puede tener el ser humano. Bueno vamos a decirte que sí estoy enamorada, tengo mis sentimientos no como al principio cuando era una chamita, pero claro, mi corazón me late, por supuesto.
Franklyn: Algo bello
Yelitza: Lo más sagrado. Es fidelidad, lealtad, corazón, pureza, algo profundo y verdadero. Primeramente el de Dios.
Johanna: Es lo que sentimos sin querer
Tania: compartir, amistad, estar juntos
Herman: Yo siento de todo cuando estoy enamorado
Marina: Pasan los años y uno siente esa cosita así como ¡Ay! El amor es muy grande
Señora Carmen: Es muy importante porque sin el amor no hay nada, primeramente el amor a tus hijos.
Carolina: Un sentimiento maravilloso, algo grandioso que no tiene palabras que lo defina. La persona que lo siente es quien identifica qué es ese sentimiento.
Yosmary: Bueno el amor es algo lindo cuando uno quiere a una persona, la ama. Yo amo a mi hija a mi esposo y a mi mamá.
Maria: Uno la mujer lo sabe cuando tiene a su bebé. No se puede explicar mucho con palabras.
Carmen (chama): Qué te digo, es lo más grande que hay. Estoy enamorada de la vida, de mis hijos, de mis nietos. Es algo chévere.
Zulay: Es todo, lo principal, lo primordial en un ser. Sin el amor no se puede hacer nada.
Ramón: El amor no es un solo día, es hacerlo los 365 días del año (¡Bravo campeón!)
Robert: Es un sentimiento tanto a nuestra pareja, familiares y amigos. Es un buen sentimiento.
Feduar: Como madre es darle amor a mis hijos para que sean hombres de bien. En la pareja es tenerse confianza, mantener el amor porque no es fácil un matrimonio, convivir. Dar los buenos días, buenas tardes, eso también es amor, darle el puesto a la gente. Ya le voy a dar una de esta rosa a mi esposo, me salvaste.
Cecilia: Es lo que da motor a la vida

jueves, 21 de febrero de 2013

Lo que derramó el vaso

Lo de siempre, dale click a la imagen para verla mejor

Del libro 1887 Recetas para que el amor perdure obra compuesta por textos, fotos e ilustraciones de más de una veintena de artistas, escritores, fotógrafos e ilustradores. Para saber más vayan aquí.

domingo, 17 de febrero de 2013

Aprender a leer


Cuando Nina aprendió a leer nadie le creyó. A los cuatro años era una máquina de recitar mentiras. Despeinada y descalza se subía a los muebles de mimbre a pregonar las noticias: "Hoy mami fue al mercado y la atacó un cocodrilo bebé". "Papi es el señor más bello del mundo".
Animalito de monte como era, se había negado a volver al preescolar. "Los niños lloran mucho", decía. Nina tampoco sabía llorar.
Lo había intentado muchas veces. Arrugaba la cara y pensaba cosas tristes. Como en los perros que se llevaban a los niños en la boca. Por qué eran tan flacos. Por qué estaban tan solos. Pero nada, ni una lágrima. 
La dimisión del preescolar había roto el equilibrio de la familia. Las tías ancianas aseguraban que todo era producto de dar a luz después de los cuarenta y criticaban a Isabel con rigor bíblico. 
Las hermanas de Nina ya estaban en la universidad. Pronto se irían de la casa. Pero todavía, por las noches, le leían cuentos y le grababan cintas de ellas cantando Menudo para que no las extrañara. Era la época de las hombreras altas, los colores flúor, las vacaciones en Bahía de Cata y el Yok Yok, el protagonista de una serie francesa de libros ilustrados para niños. Era una suerte de duende diminuto, cabezón, con un gran sombrero rojo en forma de zapato. En cada capítulo, Nina se subía con él a la copa de los árboles o se sumergían en el interior de una nuez. Su favorito era el cuento en el que Yok Yok se miraba en ambos lados de una cucharilla torciéndose y estirándose hacia los lados. Era algo extraordinario que jamás había visto.
Pasaba horas frente al espejo. "Mami, no entiendo. Si esta soy yo, quién está en la cucharilla", preguntaba. "También eres tú, mi amor", le respondía Isabel sin despegar los ojos de la lectura. Tenía debilidad por los autores rusos y las tortas de chocolate. Siempre tenía calor, tomaba demasiado café. Cuando se enteró de que estaba embarazada, dieciséis años después de la última vez, decidió que las cosas iban a ser distintas. Nadie iba a desesperarse ni a levantar la voz o a inmiscuirse. Excepto en la elección del nombre. Por suerte lograron convencerla a tiempo de que ninguna niña llamada Manuela Karenina sobreviviría a la adolescencia sin severos traumas psicológicos. 
Las cucharillas de la casa empezaron a desaparecer.
Los domingos antes de servir la sopa había que transar con Nina para que las entregara. Como no sabía leer y no quería ir al colegio, se había empeñado en memorizar todas las palabras del libro. Si le enseñaban una, ella dejaba un cubierto libre. La sopa se enfriaba. Las tías perdían la paciencia.
Por las tardes se sentaba como indio sobre el mimbre y empezaba a recitar de memoria su versión aprendida del cuento, aunque viera las ilustraciones al revés. 
Con los meses, la obsesión por las cucharillas cesó. Había empezado a ir a la escuela que una maestra jubilada improvisó en el patio de su casa. Eran sólo tres alumnos, se podía jugar con tierra e ir en pijamas. 
La idea de rutina devolvió la armonía familiar y aunque se negó a quitarse el disfraz desde Carnaval hasta Semana Santa, las tías estaban ocupadas con el embarazo precoz de la hija de la vecina. 
Un domingo antes de su quinto cumpleaños, Nina se subió al mueble con el periódico y leyó: "el-na-cio-nal". Nadie levantó la vista de la sopa. "Otro juego de memoria", pensaron.
Cuando todos se fueron, Isabel la llevó al patio. Tenía la costumbre de regar las matas justo antes de anochecer. La luz se bañaba por última vez en los pozos pequeños que formaba el agua en la tierra. Se inclinaron sobre uno y con su mano lo hizo bailar. Entonces vieron sus rostros alargarse, torcerse. Deformes. Fundidos. 
-Ya sabes leer -le dijo-, ¿viste que esa también eres tú?

***



Primer ejercicio  para la clase de  narrativa con Fedosy Santaella. La pauta era escribir  un cuento con alguna anécdota de la niñez partiendo de esta cita de Rainer Maria Rilke en "Cartas a un joven poeta":  
"Y aunque estuviera usted en una cárcel, cuyas paredes no dejaran llegar a sus sentidos, ninguno de los rumores del mundo, ¿no seguiría teniendo siempre su infancia, esa riqueza preciosa, regia, el tesoro de los recuerdos? Vuelva ahí su atención".

viernes, 1 de febrero de 2013

Celos


“¿Qué vamos a soñar hoy?”, acordábamos antes de dormir. 

Apenas mi empeine descansaba en el suyo nos dedicábamos a planificar la ensoñación. Yo siempre me dormía primero para no darle ventaja. 

Algunas mañanas despertaba atormentado. En los sueños aparecían otros hombres y yo les sonreía. 

-Los maté a todos –decía antes de irse, mientras alrededor de la cama quedaban jirones de cuerpos extraños. Entonces me incorporaba y caminaba descalza entre ellos tratando de reconocer mi futuro.

miércoles, 30 de enero de 2013

Querida Stalker


Querida stalker, este es mi último llamado. Desde aquella mañana cuando el correo me gritó: "la nueva novia de tu ex te sigue en Twitter", supe que íbamos a tener problemas. Pero eso fue hace mucho tiempo, ya es hora de parar.
Aquel día, como todos los anteriores y todos los siguientes, incluso antes de abrir los ojos, había alargado el brazo hasta conseguir sobre la mesa de noche la superficie antirresbalante del celular. Me gusta pasar los dedos por sus teclas, tocar el joystick y encender el día. De un tiempo para acá, los humanos no amanecemos con el sol. La estrella más importante de nuestro sistema planetario ha sido relegada a una función estríctamente utilitaria, exclusivamente biológica, fotosintética, nada romántica. Ahora el día comienza con una luz blanca, limpia, uniforme, quirúrgica que te traspasa la córnea y se instala en la base de la cabeza, en eso que las abuelas llaman "el cogote", emitiendo comandos confusos, antinaturales: abrir los ojos, desperezarse, revisar el teléfono.
Tiempo después me confesarías que en esa oportunidad la bolita del Blackberry te traicionó y presionaste "seguir" mientras revisabas mi timeline. Quise saber, con honesta curiosidad, desde cuándo lo hacías, si te causaba placer, si te gustaban mis tweets, si te hacían reír o rabiar, quise analizar ese mercado que ahora todos dicen que soy. Porque al parecer ya no sòlo somos seres humanos con profesiones, oficios, familias, pasatiempos, alegrias y frustraciones, sino que también somos una "marca". Esa mescolanza linguístico-conceptual que alguien decidió bautizar como "marca personal" me tiene bastante confundida. A juzgar por mi timeline -que tú mejor que nadie conoces- donde hablo de libros, mandalas, meditación, psicoanálisis o esencias aromáticas, mi "marca personal" alcanzaría sólo para trabajar en una brujishop.
¿Recuerdas aquel texto del blog donde dejaste ese comentario tan ofensivo? Era un cuento breve sobre sexo donde quise practicar la escritura descarnada, rebasar mis límites, sentirme incómoda, desagradar. También era la primera vez que escribía ficción. Estaba muy nerviosa por la opinión ajena, por si lo leían mis jefes, por su impacto sobre mi ya difusa y etérea "marca personal". Entonces llegaste tú, te bajaste las pantaletas y te hiciste pipí sobre el texto con un comentario feroz digno de tus correos insultantes más memorables. Al principio entré en pánico pero, en perspectiva, ahora incluso me causa ternura. Porque en medio de tanta autenticidad de recetario Maggi que hay en Internet tu asedio es, al menos, honesto, real. Es probable que el mundo esté más loco que tú.
Atesoro con indignación todos tus mensajes y correos. La vez que inventaste que estabas preocupada por mi salud porque mi ex tenía sida estuve riéndome por días. Cuando contrataste un servicio de mensajes anónimos en Twitter para poder insultarme sin que pudiera rastrear la cuenta, empecé a tenerte más respeto. Siempre me ha gustado tu manera de dirigirte a mi, me dices "Melcocha", como me decía mi ex, lo cual me parece un detalle exquisito. A veces pienso que un día te veré aparecer en mi oficina cargada de bombas molotov o bolsitas con pupú de perro que recolectaste en Los Próceres -es más tu estilo-, pero puede que lo tuyo sea sólo el bullying digital. Por eso también me pareció natural que me robaras los tweets.
Debes saber que en Internet puedes hacer casi cualquier cosa. Crear una empresa en China e importar pantuflas con la cara de Chávez para vender en la autopista; ponerte de acuerdo con adolescentes japoneses depresivos para suicidarse simultáneamente mientras lo transmiten vía streaming; comprar una parcela en la Luna: subastar tu virginidad; conocer al caníbal que hará realidad tu sueño de ser comido a pedacitos. Todo. Puedes hacerlo todo, menos plagiar.
Es gracioso porque mientras en Internet la propiedad intelectual sigue siendo un fantasma que aparece cada tanto en esos foros progres -donde "gurús en temas varios" (Nitzia, dixit) disertan mientras se ajustan los lentes sin aumento que les resbalan por el tabique- el mundo entero está descargándose impúnemente música, películas, libros, comics, pornografía, bytes de amor y cualquier otro bien cultural disponible en la nube. Tú misma te bajaste mi vida por Internet. Pero debiste haberme citado, porque una cosa es la inteligencia colectiva, la creación colaborativa y otra creer que puedes stalkear y plagiar a alguien sin que se dé cuenta. Eso no se hace. Es bajito. Está mal. Por eso considero que es hora de parar. Es momento de que me sueltes y escojas otro objetivo.
Somos más de 628 mil millones de personas conectadas a Internet en el mundo. Casi diez millones de venezolanos tenemos cuenta en Facebook y la tendencia indica que, en dos años, más de la mitad de la población del país estará conectada a la web, así que sin duda podrás encontrar a alguien más a quién molestar a partir de ahora.
Al principio sentirás miedo, como un vértigo frío, pero estarás dando un paso irreversible hacia tu nueva y falsa personalidad. Fíjate, en Internet hay muchos gustos estandarizados a los cuales asirse para tratar de pertenecer. Los odiadores son mis favoritos. Puedes decir que odias a Arjona o que odias los lunes: éxito garantizado. También puedes empezar a correr o hacerte fanática de las matanzas de toros, la audiencia va a amarte o a odiarte, pero no pasarás desapercibida. Los grupos animalistas también son un crack. La clave está en mantenerte en los extremos. Honestamente creo que tienes talento para eso, eres una maestra de la polaridad. Te conozco bien. Aprendí a leerte cuidadosamente a partir de tus correos amenazantes, logré distinguir tus vueltas al escribir, los giros de tu lenguaje, tus costuras. Bajo el anonimato o con tu propio nombre sé cómo te sientes, cuándo usas palabras que no conoces para aparentar seguridad, cuándo estás muerta de miedo. Te conozco como a un espejo. Sí, yo también soy tu stalker, vamos a extrañarnos, pero debemos parar.


Esta crónica en clave epistolar ganó el primer lugar del Concurso de Crónicas de la Revista Ojo el año pasado. El dinero obtenido con el premio fue a parar a las arcas de nuestro proyecto "Rostros de Choroní". El plan era publicarla aquí apenas la edición de Ojo estuviera en la calle, es decir, ahorita. La revista la pueden conseguir en @LibreríaLC @KalathosLibros @ElBuscon1 @Tecniciencia y en las universidades UCV-UCAB-Monteávila y Metropolitana.

viernes, 7 de diciembre de 2012

dos.mil.doce


2012
Di clases. Me gustó
Me mudé sola
Ahora cocino y desayuno antes de salir
Hice ejercicio seis meses. Los otros seis descansé
Bailé menos de lo que me hubiera gustado
Leí y escribí más de lo que esperaba
Casi no fui a terapia
Por eso leí y escribí más de lo que esperaba
Casi no compré ropa ni zapatos
Por eso leí y escribí más de lo que esperaba
Mantuve cerca a mi familia y a mis amigos
Agradecí esa fortuna
Me puse ortodoncia
Probé el arroz basmati
Me regalaron una matita. Le puse nombre y hablo con ella.
Fui a lugares nuevos
Hablé con desconocidos
Descargué mucha música
No actualicé el iPod
Compré una caja de colores
Hice mandalas. Es lo mio.
Decepcioné
Me decepcionaron
Tuve miedo
Pero no fui cobarde